¿Quieres jugar conmigo?

Autora: Carolina Jaramillo Ramírez

Siempre me pregunté qué se sentía hundir una pieza de metal en una capa de tejido humano. Una sensación tan extraña de explicar, diferente, lúgubre y… satisfactoria. Esas sirenas me están dando dolor de cabeza, al igual que los ladridos. Deben de estar cerca, seguramente están siguiendo el aroma de la sangre que ya penetró sus narices y ha cubierto mis manos, mejillas y rostro completo. Hace tanto tiempo que no contaba con esta calma, sentimiento de libertad y realización. Como si hubiera sido una pequeña palomilla que consiguió escapar de su opresor, quien evitaba que volara, quien no permitía que esa felicidad que aparentaba ante los demás fuera real. Entonces, ¿qué se supone que hiciera la palomilla? ¿Continuar con la ansiedad o intentar escapar de aquel infierno? El problema con esta avecita era que ni ella misma se daba cuenta de que estaba atrapada. Supuso que era común tener esa clase de sueños. “Solo son pesadillas”, se tenía que repetir la indefensa. Ese miedo y pánico que sentía al despertar, sudando frío, no había que temer, solo era un sueño… Escucho que los ladridos se acercan cada vez más. ¿Temor? En absoluto. Ya quiero que lleguen para que todos observen mi gran hazaña… De verdad, ninguno de mis logros en la vida, ni todos los premios y reconocimientos que he conseguido desde que era pequeña se comparan con esto ¡Que orgullosa me siento de mí misma! Ojalá mi hermana no hubiera tomado esa decisión y estuviera aquí para ver mi juego. Sé que ella también jugó, pero consigo misma, viendo correr la sangre de su propio cuerpo… Ya no existe la palomilla, cuyos sueños -que en realidad eran recuerdos que se convirtieron en profundas miserias del animal- no la dejaban dormir y que, al pasar los años, se volvieron cada vez más lúcidos. Una sombra imperceptible que apartaba la seguridad de mi habitación con su presencia, que se acercaba cada vez más a mi cuerpo inmóvil y sumiso: “Vamos a jugar”, recuerdo haber oído. Luego regresaba a la realidad, a la seguridad de mi cama. Estaba temblando sin tener un porqué. Solamente sintiendo un pánico tan profundo e inexplicable, reflejado en mis lágrimas, que hacían que mis ojos parezcan dos cataratas y que mi madre interpretaba como el resultado de un mal sueño. No la culpo. Yo también pensé eso. Su cuerpo contra el mío, jugando bruscamente y arrancándole, poco a poco, cada pluma a la palomilla y, al mismo tiempo, despojándola de su habilidad para volar, despojándome de mi libertad y alegría ¿Se habrá dado cuenta de que su juego me lastimaba? Al principio, despertaba adolorida. No me acordaba de nada, pero sentía un horrible escalofrío cuando me observaba. Su mirada era como una acuchillada en mi alma, en mis sentimientos y en mis esperanzas. Esa dulce niña que todos describían que alguna vez fui, no sé dónde quedó: “Una sonrisa tan grande y luminosa que hasta el mismo sol se pone celoso de ella”. Todo se convirtió en tinieblas y charcos de llanto de miedo y tristeza que lentamente se transformaron en amargura y resentimiento. Cada vez se oyen más fuertes las sirenas. Ya falta poco. ¡Que lleguen! ¡Que lleguen para que me sienta completamente tranquila, una vez más, después de tantos de años de miedo y odio! Al parecer, se olvidó de poner la dosis adecuada o ¿me habré vuelto inmune? No lo sé, pero el punto es que me mis ojos se abrieron en pleno acto, estaba consciente mientras él jugaba conmigo toscamente y por más que trataba, no me dejaba ir. Asco, repugnancia, ira… Me quería morir. Recién comprendí la razón de mis sueños que no eran solo eso. “Shuu… solo es un juego, recuérdalo”, dijo finalmente, antes de retirarse de mi cuarto. ¿Cómo es posible que nunca me haya dado cuenta? ¿Cómo es que no vi las alertas? Ya nada importaba. Me sentía tan confundida. Pero de algo estaba segura. Yo también quería jugar y estaba decidida a hacerlo. ¿Arma de fuego u hoja de metal? Una pregunta de gran importancia. La primera vez siempre tiene que ser especial. Esto aplica a todo: tu primer día de clases, tu primer viaje, tu primera cita, la primera vez que haces algo en tu vida es única y tienes que planearla muy bien para que nunca, ¡jamás! se te vaya a olvidar. Las pistolas no te permiten sentir el cuerpo del otro individuo, no te permiten gozar de la carnalidad del acto de matar; a diferencia de un cuchillo con el que puedes decidir tú mismo si quieres hacerlo rápido o despacio y qué tanto dolor quieres causar y así, disfrutar de cada melodioso grito que genera el opresor después de cada apuñalada que reciba. Francamente, lo más difícil fue escoger qué arma iba a utilizar. Después de todo, fue cosa de dar el primer golpe, deleitarse de ese sabroso aroma y bello color que posee la sangre; esa sensación de regocijo que me producía el incrustar hasta el fondo el cuchillo tan limpio y que luego, aparecía pintado de un rojo tan intenso que ningún atardecer podía compararse con tremenda perfección. ¡Llegaron! ¡vengan, apresúrense!

Los policías no me arrestaron. Mi madre los convenció de que mis actos fueron en defensa propia. Sé que ahora todo va a cambiar. No más sufrimiento y la palomilla comenzará a recuperar su plumaje con el paso del tiempo, hasta que sus alas estén listas para volar. Entonces, llegó… Un nuevo acompañante de mi madre, un nuevo intruso en mi casa y… Sí, a él también le gustaba jugar. “Sé que ya no piensas que es un sueño, pórtate bien, solo déjalo jugar y todo estará bien”. Mi propia madre me pedía volver a ser la palomilla enjaulada, triste y sumisa… “¿Yo también puedo jugar?”, consulté. Sus enormes dientes formaban una sonrisa de oreja a oreja y su mirada la complementaba perfectamente para expresar sus verdaderas intenciones: “Juega todo lo que quieras. Yo me encargaré de que siempre tengas a alguien con quien hacerlo. Al menos hasta que tomes la misma decisión que tu hermana” … Reí, reí como nunca lo había hecho en mi vida. Fueron carcajadas tan profundas que me sorprende que no hayan despertado a los perros de todo el vecindario. Le di un abrazo a mi madre. Ese tipo de muestras de cariño que todo hijo debería expresar para que no quedara duda alguna de que su amor, hacia aquella mujer que te dio la vida, era incondicional… Esa mujer que metía hombres a la casa y dejaba que jugaran con sus hijas… “Te amo, mamá” –le dije, mientras tomaba el cuchillo que se encontraba detrás de ella- ¿Quieres jugar conmigo?

 

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