Cuento “Nada” / Reflexión: Justicia

Autor: Ángel Fernando Reyes Moreno

Cuento 1

Nada:

¡Oh! ¡Vaya! ¿Qué significa esto? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué intento lograr? ¿Qué intento vivir? No lo sé. Tan confundido estoy, que no puedo ni saber lo que creo y pienso. Creo que solo siento algo por ella cuando tengo las ganas de sentir por ella. Solo de eso se trata: de jugar. De intentar, de vivir, y de perecer y resplandecer en el fin. Esta es la historia de una chica por la que nunca sentí nada. Una chica que no representa nada para mí y solo eso, nada más. Aproximadamente 1.68 de estatura, cuerpo asimétrico; aunque admito que tiene unas buenas piernas. Su mirada representa firmeza; aunque sus palabras y expresión no concuerdan con eso. ¿Cómo la definiría? Hipocresía pura. La conocí, curiosamente, en uno de los primeros días de clase de mi universidad. Tuvimos una pequeña plática “cordial” en la biblioteca. Reconozco que me llamó la atención; pero no lo suficiente para acercarme a ella de forma directa.

Nuestras primeras pláticas nunca dieron frutos, siempre sentí esa sublime incomodidad de tensión que significaba nuestro intento de conversación. Intolerante uno con el otro. Era como si no quisiéramos ni vernos, ni hablarnos. Pero, por alguna estúpida razón lo hacíamos. Trascurría el tiempo y la intolerancia mutua comenzaba a dar flote a sus quejas. Recuerdo que un día, esperando que ella suba a su bus, me dijo, no sé por qué razón siendo sincero, que me toleraba. Eso me dolió, porque dijo lo que yo también sentía por ella, pero que por respeto mutuo y quizás un poco de cariño, nunca se lo hacía pesar. Ese momento fue incómodo y me “prometí” alejarme de ella; porque no deseaba ser carga intolerante de nadie. Sin embargo, al día posterior la perdoné sin que ella sepa que lo hice. Estas situaciones, siempre se presentaban y yo a veces deseaba alejarme de ella por una cuestión de orgullo. Por otro lado, la constancia solo hizo que esas incomodidades se vuelvan la gota de cada nube. El tiempo transcurría y creo que le llegue a interesar. Me guardaba asiento. Claro, no era el único al que se lo guardaba; pero era el único al que se lo guardaba 40 minutos después de mi llegada tardía a clases. Un día común y casi corriente tuvimos una conferencia jurídica. Los dos nos sentamos juntos y teníamos puesto un comunicador auditivo en la oreja izquierda, para poder escuchar la cátedra en inglés, de un estadounidense profeso de Dios. En fin, saqué mi cuaderno y me puse a escribir, a pesar de su presencia. Transcurridos unos minutos después de la exposición, la miré y le hice una pregunta sobre el tema de discusión que acontecía en la sala. Ella volteó su rostro y ese fue el momento más cercano a un beso. ¡Claro! Ella de inmediato volteó su rostro, demostrando sin ocultar, un gesto de extrema incomodidad, o, por lo menos eso era lo que ella quería que yo percibiera. En fin, al concluir la conferencia, cada uno tomó distintos caminos y nos despedimos. De qué sentía algo por ella no existía duda. Siempre decía lo que sentía, mas no lo que creía de ella de forma inmediata; utilizando de comodín a un compañero de clase que no ostentaba de ninguna gracia, que no sea hablar de política. Decía todo lo que tenía que decir, por medio de su entidad personal. Quisiera explicar lo que decía, pero seré sincero al decir que no recuerdo nada, por no decir todo. Es curioso, pero al final, creo que esas palabras dieron frutos en el árbol equivocado. Sin embargo, me había librado de una gran carga, de una muy pesada. El tiempo trascurrió y creo que no estaba dispuesta a ser la segunda opción; y prefirió ser la primera de lo que deseo. Aunque, a veces, creo que la resignación tocaba su alma. Al terminar el periodo estudiantil, existió un lapso de separación y, fue en ese momento, donde más la tuve presente en mi mente. Siendo la luna de testigo y la almohada de mi cuarto la confidente del delito inmoral que haría con mi diestra, bajo el cierre de mis pantalones. La veía a lo lejos, con la expresión de indiferencia, pero con la esencia de su presencia. Cuando retomamos la rutina, creo que en nuestro saludo existió nostalgia y a la misma vez, un abrazo que nunca se dio. En fin, pasaron los días y caí en la intención de alejarme de ella por medio de alguna excusa que, convenientemente, por cierto, su reacción no me la esperé; aunque sí la predecía. Sabía que no le agradaría. Como aquella vez que quiso gritarme en las afueras de la universidad y yo, con tono fuerte y varonil, personalidad que, por cierto, no utilizo a menudo, terminé la discusión con una oración contundente. Ella se sintió en culpa por una situación de la que yo tenía la pericia de la responsabilidad. ¿En qué estaba? ¡Ah! Verdad, no fue de su agrado y no fue su intención ocultarlo, acercándose a mí para desahogar su ira; que, por cierto, es lo único de real que veo en ella. Bueno… Desde ese día la saludo y me despido; excepto en esas ocasiones en donde siento que ella no lo desea. En fin, pasaron los días y en una noche desconsolada, me encontraba radiante por el color carmesí que fulgurantemente resplandecían mis ojos por aquella brisa del humo, que se disipaba en mis pulmones. La llamé y bueno… la violé sin que ella se diera cuenta; repitiéndose esta situación en dos oportunidades. Me alejé, admito que, por aburrimiento, tal como ella lo decía. Hace unos minutos la llamé y me respondió después de sus “despreciados” 8 pibs de sonido de la llamada del teléfono. Nuestra conversación fluyó normal, creo yo, hasta cierto punto en el que me dijo ¿qué quieres? Y le respondí que ella sabía lo que quería, que no era necesario decírselo. Su respuesta fue tajante. Me dijo que le incomodaba este tipo de “cosas” y que ya no le gustaba que la estuviera llamando. Sin embargo, eso no era lo que quería. Mi reacción, orgullosa, por cierto, fue la de cortar el teléfono. Hoy en día, aún tengo la esperanza de hacerla mía algún día, y eso que, creo que no nos atraemos físicamente ni emocionalmente. Pero sé qué nuestras mentes son las culpables de esa conexión inexplicable qué surge cuando nuestras miradas se conectan. Es por eso que ya no la miro, ya no la escucho y ya no le hablo. No por cobardía, porque eso me lo arrebata la agonía del no pasar, sino por escapar.

Hace unos días, creí escuchar que decía mi nombre. Pensé que era producto de mi mente. Igual no le hice caso a ninguna de las dos.

 

REFLEXIÓN

Justicia:

¿Qué es la justicia? Me acaba de morder un perro en la pierna derecha cuando me encontraba avanzando en plena calle con mi motocicleta. La herida me dolía. Espero que el canino no presente rabia. Pero… ¿Cuál es la solución a este caso? ¿Acaso es devolverle el favor por medio de una mordedura veraz? ¿O es insertarle una patada en el estómago por el acto que cometió? ¿Quién paga por el daño hecho? Mi pierna tomará unas semanas en regenerarse ¿Quién me devuelve ese tiempo perdido? Nadie. Pero si yo actuó de la misma forma que él, estaría rebajándome a su nivel animal; sin embargo, biológicamente los seres humanos somos animales. Entonces, ¿qué hago? La justificación moralista que ha surgido en estos últimos años, es que los animales actúan por instinto, y, por ende, no tienen responsabilidad alguna.                 No bstante, ¿qué hay de mis instintos? Gran parte de la sociedad tiene la creencia errónea de que los seres humanos no presentamos instintos y que somos totalmente racionales, en cuanto a nuestras decisiones.

Este mito es una cabalidad falsa. ¿Qué nos hace pensar eso? Si son los instintos, los que, hasta el día de hoy, nos han mantenido con vida. ¿Acaso el miedo es racional? Al fin y al cabo, la bondad y la maldad son términos totalmente subjetivos y supeditados a lo interpretativo. Teniendo en cuenta esto, regresemos a la circunstancia que les comenté antes de esta pequeña reflexión. ¿Qué debería hacer? En primer lugar, lo más sensato sería la indiferencia, ¿pero esta indiferencia sería justa? En segundo Lugar, seria coaccionar el cuadrúpedo, por medio de alguna pequeña masa terrestre. Pero, ¿esto sería racional? Y en último lugar, sería tratar de vengarme de una forma más estructurada y organizada; sin embargo, ¿tengo el tiempo necesario? Después de ver estos tres planos de suposición, pensemos. El primero es racional, pero carece de justicia. El segundo es justo, pero se ausenta lo racional. Y, el último es perfecto; sin embargo, no creo que un canino amerite tanto de mí. Tampoco es que quisiera jugar a Tom y Jerry. La decisión la tomaré. De eso no hay duda, y solo espero que sea la menos perjudicial para mí. Por cierto, también ostento instintos.

 

Libro “Cosas, ideas y nada más” de Ángel Fernando Reyes Moreno.

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