Umbra negra

Autora: Camila Serpa Ruiz

 

Umbra negra

Cada verano, mis padres organizan un campamento familiar, cuyo escenario es siempre el típico bosque: árboles crecidos, panorama tétrico, abundante vegetación y, por supuesto, con un aledaño lago de cuentos de hadas. Así es el bosque de Hoia-Baciu. A pesar de que vayamos al mismo lugar en cada ocasión, me contenta estar junto a mi familia y ser, junto con ellos, testigo de los cambios por los que pasa el reposado entorno.

Sin embargo, en casa no pasaba lo mismo: “¡Escojan y empaquen su ropa! ¡No se olviden de nada! ¿Quién cogió el repelente? ¿Guardaron la comida del perro?” Era lo que siempre escuchaba decir a mi madre, antes de salir rumbo a nuestro destino; aunque era, en realidad,  la única que se debía olvidar algo cuando llegábamos. ¡Qué ironía!

Llegó la hora de partir y todos entrábamos en el auto: mi padre, mi madre, mi hermana y yo… ¡Ah! Y no nos olvidemos de Umbra, mi perrita.

No hay campamento al que no llevemos a Umbra. Nos rehusamos a dejarla sola en casa, ¿a quién le gustaría que lo abandonen por segunda vez? Pues, si lo estás suponiendo, estás en lo correcto. Umbra es adoptada.

Explicar los detalles de su llegada es algo que hago cada vez que me lo preguntan, pero la extensión del caso y mi incapacidad para resumirlo, solo hará que se carguen de información complementaria…Sin embargo, haré un esfuerzo y se los contaré:

Hace seis años atrás, hubo un accidente de tránsito frente a mi morada y este no fue cualquiera: un atropello. ¿Quién fue la víctima? Pues, como se podrá deducir, fue mi pequeña Umbra, a quien acogimos sin dudarlo, ni por un segundo, en nuestro hogar.

Ahora bien, todo parecía muy normal; pero, ya pasados dos años desde el accidente, nos dimos cuenta de una particularidad en ella, una que nos tomó mucho tiempo en reconocer, pues fue un “efecto secundario” provocado por el incidente: Umbra desarrolló una aguda percepción del oído. En efecto, cuando un fuerte sonido, de origen cualquiera, pasaba por sus minúsculos tímpanos, ella lloraba y no paraba hasta que el causante lo hiciere primero. Por ende, no la dejamos sola. Además, el sosegado bosque es un ambiente perfecto para su tranquilidad; pese a que existan ciertos mitos que las personas suelen contar acerca de este: “encantado”, “maldito”, “visitado por extraterrestres”. Yo, tan solo, no los tomo en cuenta.

Nuestra aventura comienza cuando desempacamos y armamos las carpas. Un buen campista sabe el lugar más adecuado donde ubicarse para pasar la noche…O tres noches, en este caso. Seguidamente, nos vamos a por las actividades más divertidas: pescar, escalar, nadar y explorar… ¡Y no olvidemos a la fogata nocturna!

Algo que hace especial a nuestros campamentos es que son libres de tecnología moderna. Por ello, no llevamos celulares, ni tablets, ni cualquier aparato demasiado “facilitador” para la supervivencia. Con las justas, llevamos un reloj para estar seguros del tiempo transcurrido, aunque papá disfrute sus intentos de determinar las no sé qué cosa de las estrellas. Es que es un científico que le gusta presumir sus conocimientos.

A pesar de ello, yo siempre llevo, a escondidas, una linterna, que es de esencial ayuda para mis caminatas nocturnas y solitarias dentro del misterioso bosque; aunque Umbra me acompaña, claro.

Es en la segunda noche donde tiene lugar mi expedición. El miedo es un sentimiento que no se apodera de mí cuando recorro, a ligera luz, dentro de la espesura del bosque. Mientras Umbra olfatea delante de mí, lo que sea con lo que se encuentre su nariz, yo disfruto de la diversidad natural presente. Este recorrido, dura unas dos horas, desde la medianoche hasta las dos de la madrugada, ya que es la hora en la que, normalmente, el sueño llega a mí. En eso, cuando pasó cerca de una hora desde que salí de mi tienda, mi linterna se apagó.

No negaré que, en ese momento, se alteró mi corazón; pues nunca antes me había sucedido algo así. No sabía dónde estaba ni a dónde ir ni por dónde estaba pisando, dado que todo estaba completamente apagado y la única “luz” era la de la luna y las estrellas, tapadas por los altos árboles; lo que decidí hacer fue dejar que Umbra olfateara e intente hallar algún camino que nos llevase de regreso.

Caminamos sin rumbo, mientras que los tenebrosos sonidos de la noche penetraban en mis oídos. Estuve luchando contra la desesperación durante muchos segundos cuando, en eso, Umbra se detuvo.

Por más que le dijera que avance, no lo hacía. ¡Estaba más estática que una piedra! Me percaté que miraba a un punto fijo: un árbol al lado del lago donde pescamos en el día. Como me pareció algo insignificante, solo la jalé y, entonces, ella empezó a ladrar. Debido a que solo me concentré en abstenerla, no percibí el aturdidor sonido que nos acorralaba, el cual la hacía ladrar más y más fuerte. Era un sonido que jamás en mi vida había escuchado… Entre gritos fantasmagóricos, chillidos, aullidos escandalosos… ¡Era algo espantoso!

Solo veía el esquema sombrío de árboles que me miraban y giraban alrededor de mí; parecía la revelación de algún espíritu furibundo por la presencia de dos seres que no deberían haber estado merodeando por sus tierras… Sentí, que había alguien más cerca mío… ¡Alguien me empujó! Caí al suelo y Umbra se soltó de su correa y se lanzó a la negra oscuridad.

Me alejé y un hilo de luz alumbró mi miserable ser: tenía rasguños en la pierna, en el brazo y no sabía el porqué de su aparición, pues no eran producto de mi caída. No me atrevía a moverme de donde estaba: junto al lago. Mi corazón estaba retumbando por el pavor y, fue que recordé lo que había hecho mi dulce criatura cuando escuché un ladrido suyo. Sin pensarlo más, me levanté y corrí hacia la oscuridad, aunque sintiera que la piel se me caía.

Fue cuando observé una pequeña figura blanca salir de la oscuridad: era Umbra, sí. La alegría que sentí en aquel momento pudo cubrir todo el terror anterior; la abracé y besé y lloré junto a ella y, gracias a que estaba ya amaneciendo, corrí por otro camino que, milagrosamente, nos llevó a la zona de nuestro campamento.

Un gran suspiro fue lo único que di, pues mi familia seguía durmiendo. ¡Ah! Pero cuando despertaron…Se podrán imaginar el sermón e inspección de mi madre y lo mismo para Umbra. Solo que su enfermera fue mi hermana.

Entramos en el auto rumbo al hospital, cuando recordé que no tenía mi linterna…No les conté a mis padres lo que realmente me sucedió, solo un parte, hubieren creído que estoy loca y me hubiesen prohibido las películas de terror o de misterio. Así que callé esa información. Antes de partir, salí un rato del auto para revisar si mi linterna se había caído por allí, hasta que subí mi mirada unos milímetros y vi, a una distancia determinada, a un ser que, para nada era un humano y estaba masticando mi linterna. El individuo volteó y, yo solo me giré, corrí y subí al carro otra vez. Mi papá arrancó.

Si les digo lo que vi, creerán que estoy bromeando. Así que solo les contaré que, cuando llegué al hospital, después de que me curasen, revisaren y de decirle al doctor que un animal salvaje me atacó, mis familiares salieron de la habitación para dejarme descansar un rato, a excepción de mi padre, quien me quiso hacer algunas preguntas más.

Yo respondí lo mismo, sin alguna añadidura; mas él me miraba dudosamente y me dijo: “Sé que estás escondiendo algo, algo que seguro viste y no quieres decirme, porque yo también pasé por lo que tú pasaste ayer en ese mismo bosque. Ahora sabrás el por qué vamos siempre a ese lugar, pues no creí que fueras tan decidida a recorrerlo durante la noche. Discúlpame”.

La verdad es que me estremecí cuando me explicó la razón de lo sucedido:

Científicos rumanos habían realizado experimentos ilegales con humanos hacía muchos años atrás. Estos experimentos eran para comprobar el nivel de supervivencia extrema del hombre. Sin embargo, las condiciones a las que se enfrentaban llegaron a tal punto de llevar a la locura e, incluso, canibalismo a las víctimas. Al no tener psiquiatras consigo, les inyectaron calmantes para intentar mejorar la situación; pero no se logró.

La sustancia llegó a la sangre y mutó sus células, matando a las neuronas. Aquellos humanoides infectados ya no podían pensar y los llevó a comportarse como monstruos. Los científicos intentaron liquidarlos; pero no contaban con el equipo suficiente, por lo que escaparon y no regresaron.

Mi padre era uno de esos científicos. Algo que nunca nos comentó y entiendo muy bien el motivo. Él también exploraba el bosque por la madrugada, para chequear el lugar en donde se concentraban estos seres y seguir intentando alejarlos, sin que lo vieran, con nuevas sustancias que preparaba en casa para rociarlas en suelo de aquellas zonas del bosque. Nunca pensó que yo podría “descubrir” este secreto.

Entonces, ¿qué me pasó a mí? Él me lo mostró: La piel, en donde se ubicaban mis heridas, empezó a pudrirse y a teñirse de negro. Quise gritar, pero mi padre me hizo una seña de guardar silencio y, levantó la basta de su pantalón para mostrarme que él también tenía estas marcas en sus piernas. ¿Era mi padre un infectado, aunque no haya mostrado un comportamiento que lo evidencie durante todo este tiempo? ¿Era yo una infectada? ¿Sobreviviríamos? Estuve pensando mucho, hasta que mi padre salió de la habitación.

Pocos minutos después, regresó con Umbra en sus brazos. Ella estaba feliz, moviendo su cola y loca por verme. Sonreí, la cargué y miré a papá inquieta por saber por qué la había traído, pero el solo desvió su mirada. Mi sonrisa se desvaneció.

Volteé lentamente a ver a Umbra otra vez y me quedé fría: sus ojos no tenían brillo, eran solo espacios negros y redondos sin vida; su nariz estaba seca, lo cual no es normal en ningún perro.

Pero, lo peor y, lo que me turbó por completo, fue el ver su pequeño torso: negro por completo.

Umbra estaba infectada.

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