Despierta, por favor

Autora: Carolina Jaramillo Ramírez

Me levanté. Me sentía tan extraña, tan cansada y algo anonadada. La depresión empezó a recorrer todo mi cuerpo, consiguiendo que quedara sentada sobre mi cama y cabizbaja con una mirada perdida, que ni yo entendí a dónde se dirigía. Luego, volví en mí y bajé la mirada a la razón de desaliento. Pues claro, fue tan fácil criticar al resto de personas que se habían encontrado en la misma situación y tacharlas de imprudentes o, simplemente, mujeres con mala suerte… Un momento… ¿Mujeres? No, no se trataba de ninguna mujer, solo niñas y yo ya era parte del club. No pude aguantar las lágrimas. Era inevitable, frente al huracán de emociones en el que me encontraba y que, en vez de cesar, aumentaba su fuerza cada minuto. ¿Mis padres ya lo sabían? No estaba segura de hecho; no lo recordaba… ¿Mis padres?… ¡Qué importan ellos! ¡Mi vida! ¡Mi vida estaba completamente arruinada! Apreté mi mano contra la boca al no poder dejar de ver mi vientre y a todos mis esfuerzos irse directo al basurero. Continué tratando de silenciar mi llanto. Ahora, con ambas manos, era inútil, así que refundí mis sollozos contra la almohada. De pronto, la nostalgia pasó por un segundo, solo para dar la bienvenida a la ira que acababa de llegar acompañada de la desesperación. Empecé a maldecir a la suerte, a arrojar todo lo que cubría mi cama y a arrancar ¿mi póster de Hello Kitty? No lo recordaba, tal vez era una señal de mi repentina transición a la vida adulta, por la que tenía que madurar, aunque no lo quisiera. Esto nunca estuvo en mis planes. No entendía por qué tenía que estarlo ahora, más bien, ¡no iba a estarlo! ¡Claro! Esa era la solución; mi escape de esta pesadilla. No tenía otra opción si quería salvar mi futuro. ¡Sí! Estaba decidido: me iba deshacer de esta ¿criatura? Por más que no quisiera aceptarlo, eso era, una criatura que no tenía la culpa de nada. Eso no importaba: tenía que hacerlo. Era su vida o la mía. Pero… ¿cómo podría seguir después de una experiencia así? ¿Cómo me sentiría? ¿Con qué cara vería a mi familia, amigos o a mis futuros hijos? Me sentía tan confundida. Había sido tan fácil defender la ley contra el aborto por el simple hecho del derecho a la vida y tachar de asesinas a aquellas mujeres, futuras madres que nunca llegaron a ser. Claro, en aquellos debates no consideraban el sentimiento de que el mundo se te viene encima y cada parte de ti se comienza a destruir de un momento a otro, como si fuera una pesadilla de la que solo quieres despertar y te es imposible hacerlo por más que lo intentes. No me esperaba encontrarme en ese mismo escenario, donde debes elegir entre matar a una parte de ti para que el resto pueda continuar con su vida ya planificada y luego… ¿Hacer como que nada pasó? ¿Realmente, eso era posible? Por fin, la sensatez estaba volviendo a mi ser. Ojalá hubiera estado acompañada de calma ¡Qué ingenua! ¿Acaso no era consciente de lo que estaba sucediendo? La calma JAMÁS iba a regresar; pero no estaba dispuesta a llevar acabo acciones que me marcarían para siempre y que, además, iban contra de mis ideales e integridad como persona. ¿Qué me quedaba hacer? Solo prepararme para lo que viene ¡Ja! Eso era lo que solían decir las chicas que salían embarazadas a los 17 años, en aquella serie de televisión que me gustaba tanto ver. La realidad era tan distinta. No importaba cuánto me repitiera eso. No lograba creérmelo y… ese es el momento en que una se cuestiona ¿¡Cómo fue que llegué hasta aquí!? En realidad, era una buena pregunta. ¿Cómo fue? Por más que traté, ni un solo recuerdo venía a mi mente… Eso tampoco importaba. Lo único que sí sabía era que había caído en un abismo infinito en donde seguiría sucumbiéndome sin tener un brazo extendido que me ayudara a salir de allí. Pero… ¿Cómo estaba tan segura que llevaba una vida dentro de mí? No podía traer a mi memoria una solo remembranza que me condujera al desconcierto en el que me encontraba. No comprendía por qué no recordaba aquel encuentro con… ¿Mi enamorado? ¿¡Qué enamorado!? La confusión inundó mis pensamientos, solo quería escapar de mi realidad. Me acerqué a mi espejo que se encontraba a unos metros de mi cama, aquel espejo que siempre me había gustado, porque una se podía observar de pies a cabeza y el reflejo le otorgaba a cada ser que se acercaba la capacidad de ver más allá de la apariencia física. Mientras caminaba hasta él, no podía quitar la vista del vientre y acariciarlo dubitativamente con ambas manos y repetirme una y otra vez: “Ya te fregaste, ya te fregaste, ya te fregaste…” Hasta que me situé frente al espejo y, lentamente, comencé a levantar la mirada, viéndome de pies a cabeza, al punto de mantener contacto visual conmigo misma. Me quedé sin habla. Mis ojos estaban sobresaltados y con una mueca de sorpresa y confusión a la vez, veía un alma tan frágil y aterrada que solo repetía: “Ayúdame”. Después de un momento, lo único que llegó a salir de mi boca, acompañado de dos lágrimas que recorrían mis mejillas, fue: “Ya te fregaste, Mia”

Desperté, había sido un sueño, más bien una pesadilla. Mi subconsciente había empezado a percatarse de algunas discrepancias en aquella ficción mental. Por eso no pudo continuar. Sin embargo, los sentimientos fueron tan reales que desperté empapada de sudor y llorando. Era un día muy soleado con un cielo tan azul como no lo había estado hace mucho. Parecía que iba a ser una buena mañana. Luego de tranquilizarme, bajé a desayunar con mi madre. Estábamos conversando cuando, de pronto, la paz se vio perturbada por un llanto. Fue entonces cuando el sentimiento de intranquilidad volvió. “¿Puedes ir a encargarte?”, me pidió mi madre. Mientras subía las escaleras, empezó a cobrar sentido aquel mal sueño. Me acerqué al cuarto de donde provenía el sollozo que no paraba. Ese cuarto con un póster de Hello Kitty y fotos de una pareja de jóvenes de no más de 17 años, que habían sido arrojadas al tacho de basura y en el fondo de la habitación, se encontraba aquel espejo que siempre deseé tener, el cual ahora se encontraba tapado por la cuna. Me aproximé a levantar al bebé y a arrullarlo para que dejara de llorar. De pronto, aquel sentimiento de nostalgia volvió con más fuerza y no podía dejar de pensar: “Despierta, por favor” con la única esperanza de escapar de mi realidad, la cual resultaba aún más dura que la propia pesadilla de aquella noche. Entonces, apareció aquella muchacha que había tenido que crecer rápido. Pasar del rol de enamorada al de madre de un momento al otro. En la única esquina descubierta que le quedaba al espejo, se podía observar su mirada de desaliento y ojeras de cansancio. “Gracias por atenderlo, Lina, estaba en el baño”, me dijo cuando entró al cuarto. “Cuando se calme, baja a desayunar”, le respondí mientras le entregaba al niño y me retiraba de aquel cuarto que se había convertido, por una noche, en una especie de laberinto de confusión y lamentos en donde la salida era imposible de encontrar y… donde alguna vez critiqué sin ponerme en el lugar de la otra persona. Comencé a llorar desconsoladamente. Me volví hacia ella y solo llegué a decir: “Perdón, perdón…Mia”


¿Quieres jugar conmigo?

Autora: Carolina Jaramillo Ramírez

Siempre me pregunté qué se sentía hundir una pieza de metal en una capa de tejido humano. Una sensación tan extraña de explicar, diferente, lúgubre y… satisfactoria. Esas sirenas me están dando dolor de cabeza, al igual que los ladridos. Deben de estar cerca, seguramente están siguiendo el aroma de la sangre que ya penetró sus narices y ha cubierto mis manos, mejillas y rostro completo. Hace tanto tiempo que no contaba con esta calma, sentimiento de libertad y realización. Como si hubiera sido una pequeña palomilla que consiguió escapar de su opresor, quien evitaba que volara, quien no permitía que esa felicidad que aparentaba ante los demás fuera real. Entonces, ¿qué se supone que hiciera la palomilla? ¿Continuar con la ansiedad o intentar escapar de aquel infierno? El problema con esta avecita era que ni ella misma se daba cuenta de que estaba atrapada. Supuso que era común tener esa clase de sueños. “Solo son pesadillas”, se tenía que repetir la indefensa. Ese miedo y pánico que sentía al despertar, sudando frío, no había que temer, solo era un sueño… Escucho que los ladridos se acercan cada vez más. ¿Temor? En absoluto. Ya quiero que lleguen para que todos observen mi gran hazaña… De verdad, ninguno de mis logros en la vida, ni todos los premios y reconocimientos que he conseguido desde que era pequeña se comparan con esto ¡Que orgullosa me siento de mí misma! Ojalá mi hermana no hubiera tomado esa decisión y estuviera aquí para ver mi juego. Sé que ella también jugó, pero consigo misma, viendo correr la sangre de su propio cuerpo… Ya no existe la palomilla, cuyos sueños -que en realidad eran recuerdos que se convirtieron en profundas miserias del animal- no la dejaban dormir y que, al pasar los años, se volvieron cada vez más lúcidos. Una sombra imperceptible que apartaba la seguridad de mi habitación con su presencia, que se acercaba cada vez más a mi cuerpo inmóvil y sumiso: “Vamos a jugar”, recuerdo haber oído. Luego regresaba a la realidad, a la seguridad de mi cama. Estaba temblando sin tener un porqué. Solamente sintiendo un pánico tan profundo e inexplicable, reflejado en mis lágrimas, que hacían que mis ojos parezcan dos cataratas y que mi madre interpretaba como el resultado de un mal sueño. No la culpo. Yo también pensé eso. Su cuerpo contra el mío, jugando bruscamente y arrancándole, poco a poco, cada pluma a la palomilla y, al mismo tiempo, despojándola de su habilidad para volar, despojándome de mi libertad y alegría ¿Se habrá dado cuenta de que su juego me lastimaba? Al principio, despertaba adolorida. No me acordaba de nada, pero sentía un horrible escalofrío cuando me observaba. Su mirada era como una acuchillada en mi alma, en mis sentimientos y en mis esperanzas. Esa dulce niña que todos describían que alguna vez fui, no sé dónde quedó: “Una sonrisa tan grande y luminosa que hasta el mismo sol se pone celoso de ella”. Todo se convirtió en tinieblas y charcos de llanto de miedo y tristeza que lentamente se transformaron en amargura y resentimiento. Cada vez se oyen más fuertes las sirenas. Ya falta poco. ¡Que lleguen! ¡Que lleguen para que me sienta completamente tranquila, una vez más, después de tantos de años de miedo y odio! Al parecer, se olvidó de poner la dosis adecuada o ¿me habré vuelto inmune? No lo sé, pero el punto es que me mis ojos se abrieron en pleno acto, estaba consciente mientras él jugaba conmigo toscamente y por más que trataba, no me dejaba ir. Asco, repugnancia, ira… Me quería morir. Recién comprendí la razón de mis sueños que no eran solo eso. “Shuu… solo es un juego, recuérdalo”, dijo finalmente, antes de retirarse de mi cuarto. ¿Cómo es posible que nunca me haya dado cuenta? ¿Cómo es que no vi las alertas? Ya nada importaba. Me sentía tan confundida. Pero de algo estaba segura. Yo también quería jugar y estaba decidida a hacerlo. ¿Arma de fuego u hoja de metal? Una pregunta de gran importancia. La primera vez siempre tiene que ser especial. Esto aplica a todo: tu primer día de clases, tu primer viaje, tu primera cita, la primera vez que haces algo en tu vida es única y tienes que planearla muy bien para que nunca, ¡jamás! se te vaya a olvidar. Las pistolas no te permiten sentir el cuerpo del otro individuo, no te permiten gozar de la carnalidad del acto de matar; a diferencia de un cuchillo con el que puedes decidir tú mismo si quieres hacerlo rápido o despacio y qué tanto dolor quieres causar y así, disfrutar de cada melodioso grito que genera el opresor después de cada apuñalada que reciba. Francamente, lo más difícil fue escoger qué arma iba a utilizar. Después de todo, fue cosa de dar el primer golpe, deleitarse de ese sabroso aroma y bello color que posee la sangre; esa sensación de regocijo que me producía el incrustar hasta el fondo el cuchillo tan limpio y que luego, aparecía pintado de un rojo tan intenso que ningún atardecer podía compararse con tremenda perfección. ¡Llegaron! ¡vengan, apresúrense!

Los policías no me arrestaron. Mi madre los convenció de que mis actos fueron en defensa propia. Sé que ahora todo va a cambiar. No más sufrimiento y la palomilla comenzará a recuperar su plumaje con el paso del tiempo, hasta que sus alas estén listas para volar. Entonces, llegó… Un nuevo acompañante de mi madre, un nuevo intruso en mi casa y… Sí, a él también le gustaba jugar. “Sé que ya no piensas que es un sueño, pórtate bien, solo déjalo jugar y todo estará bien”. Mi propia madre me pedía volver a ser la palomilla enjaulada, triste y sumisa… “¿Yo también puedo jugar?”, consulté. Sus enormes dientes formaban una sonrisa de oreja a oreja y su mirada la complementaba perfectamente para expresar sus verdaderas intenciones: “Juega todo lo que quieras. Yo me encargaré de que siempre tengas a alguien con quien hacerlo. Al menos hasta que tomes la misma decisión que tu hermana” … Reí, reí como nunca lo había hecho en mi vida. Fueron carcajadas tan profundas que me sorprende que no hayan despertado a los perros de todo el vecindario. Le di un abrazo a mi madre. Ese tipo de muestras de cariño que todo hijo debería expresar para que no quedara duda alguna de que su amor, hacia aquella mujer que te dio la vida, era incondicional… Esa mujer que metía hombres a la casa y dejaba que jugaran con sus hijas… “Te amo, mamá” –le dije, mientras tomaba el cuchillo que se encontraba detrás de ella- ¿Quieres jugar conmigo?

 


Mi cielo

Autor: Oswaldo Fernando Díaz Goyzueta

Te dejé escapar de entre mis dedos, esa tarde tibia pero lejana, ante mi profunda consternación y mis lágrimas inútiles que solo te distanciaron más. No sé cómo expresar lo que sentí: tantos sentimientos sobrepuestos, tantos pensamientos retorcidos, tantas promesas rotas, todo en tan breve momento. El piso bajo mis pies se rompió y caí hacia un vacío eterno del que nunca salí.

Cuando te conocí en la plaza, mi cielo, creí que estábamos hechos el uno para el otro. Los momentos que pasamos juntos no hicieron más que forjar ese pensamiento como verídico en lo más profundo de mi mente y afirmar lo que desde un primer momento sintió mi corazón; ahora resquebrajado y mugriento, gracias al pasar del tiempo insufrible que todo lo que toca lo envejece y lo añeja.

Para mí, los catorce meses que pasamos juntos fueron ideales, perfectos; de los mejores momentos de mi vida. ¿Cómo iba a saber yo que, durante todo ese tiempo, tú te ibas alejando cada vez más; que en tu corazón crecía un recelo profundo y se apagaba la luz que me iluminaba a mí?

La única queja que recuerdo haber escuchado -rondando, dubitante-  durante todo ese tiempo fue que – según tú- yo era muy apegado a ti y que a veces necesitabas un poco de espacio. No dudes que hice todo lo que pude para dártelo; intenté dártelo todo, absolutamente TODO, sin discutirte palabra ni mirar hacia atrás o adelante; solo para verte sonreír. Mi cielo, yo solo quería hacerte feliz y mirar, en esos luceros pardos, el brillo inconfundible de la alegría que en algún momento gozamos, con los ojos fijos en el ocaso y el calor compartido de nuestros cuerpos.

Desde que me dejaste he hecho todo lo posible para seguir con mi vida; superar el abandono y la tristeza; desprenderme de aquellos recuerdos fugaces de risas pasadas. Aunque no lo creas, mi cielo, el amor, después de todo, es buena gente. Deja que transcurra tu vida interior. No es posesivo ni egoísta, sino que permite mantener otros sentimientos frescos: como la vergüenza, el arrepentimiento y el punzante dolor.

Tarde o temprano (más tarde que temprano) reconstruí mi corazón -por lo menos en parte-, esquirla por esquirla, hilván tras hilván; y volví a sentir el placer y el gozo. Sin embargo, no es lo mismo estar solo que estar sin ti. La soledad la supero fácil: llamo a Julia o a María; pero encontrar a alguien que se te compare y que me haga olvidar aquellas tardes nubladas en las que nos quedábamos en casa o las visitas furtivas, seguidas de batallas calientes en la arena; y logre tapar el vacío profundo que dejaste en mí, es difícil… Y siempre lo será, mi cielo.

 


Microrrelatos

Autora: Carmen Jhoana Díaz Atilano

Microrrelato 1

No era migraña, era su conciencia. Mientras el agua fría caía sobre su cabeza, su cuerpo se estremecía al pasar de las gotas sobre su piel; como aquel llanto que no podía olvidar. Nunca debió decirle la verdad.

Microrrelato 2

Pum, pum; pum, pum

Siempre al borde de la taquicardia cada vez que la veía, escuchaba, soñaba…

El adiós, por fin, lo dejó dormir.


Un día común y corriente

Autora: Rosselly Jaydi Curahua Vargas

Ella estaba sola. Como era usual todos los días, salía de la universidad. Lástima que salía más tarde de lo normal por las tareas. Ella ya sabía que tenía que estar preparada para lo que se venía. Decidió empezarlo cuanto antes, porque si no lo hacía la pasaría peor. Ella caminaba tan rápido como podía. Sabía que no era un juego y claro que no era un juego. Era su vida. Entonces, mientras esperaba el bus, pasaban personas. Para ella era un martirio el solo hecho de verlas. Pensar que alguno le vaya hacer algo resultaba abrumador. Uno de ellos se sentó a su lado. Ella optó por pararse y alejarse. Al instante, se generó una sonrisa inigualable, pues ya llegaba su bus. Tan emocionada estaba por subir a aquel insignificante bus.

Ella subió. Felizmente, estaba vacío. Algo bueno después de un día tan agotador. Decidió sentarse junto a la ventana por dos razones. La primera, porque, de esta manera, solo miraría el camino y no a la persona que se pondría a su costado. La segunda, porque simplemente la harían parar en cuanto suban los demás pasajeros. Ella estaba tranquila, hasta que un joven se sienta a su lado. Él también parecía ser universitario. En ese momento, decidió no hacer algo que la hiciera notar. Prefería ser invisible y que ni siquiera la vea. Esa era una buena opción. Al instante, él chico la miró una y otra vez. Decidió preguntarle la hora, para así mirar su rostro. Pero ella optó por no responder, ni mirarlo. Sentía miedo. Ella solo pensaba en bajarse de ese bus. Pasaron los minutos y ya estaba cerca. No aguantó esa tensión y se paró. Pidió permiso para retirarse. Colocó su mano en el asiento e inesperadamente el muchacho hace lo mismo y la coge de la mano. Ella se volteó y en ese entonces sucedió esa conexión inexplicable. Se quedaron mirándose; pero ya era momento de que bajara.

Ella únicamente decidió ir avanzando. No quería hacerlo, porque, por primera vez, no sentía tanto miedo. Pero la oportunidad ya había acabado. Así que siguió caminando hacia la puerta trasera. Levantó la mirada y ya había llegado a su paradero. Al instante bajó, caminó un poco y ya había llegado a casa. Ella suspiró como nunca al llegar a su cuarto. Lo bueno era que ya estaba a salvo, al menos por ese día. Simplemente le quedaba esperar al día siguiente y ver qué le depararía el destino.


Pensamientos finales

Autora: Lisbeth Sanchez Centurión

A tan solo 8 minutos de la medianoche, seguía en el mismo plan de mirar todo por aquella ventana; apreciando cómo la ciudad, a lo lejos, se ve tan quieta, iluminada, que inspira a describir lo que desaparece cada mañana.

En sus pensamientos revela lo que todo mundo calla. Se aprecia en su mirada, su pérdida del alma, lo que no puede transmitir con palabras. Pero que sus ojos no callan. Se encuentra en mundo inexistente, o en ese mundo que su mente abarca.

Escúchate un momento:

– Es que en la oscuridad no se puede apreciar nada.
– ¿Oscuridad?, pero si la ciudad está tan iluminada. ¿Acaso quieres seguir en lo mismo que todo mundo calla? Y no me digas que no sabes, porque tú sí sabes. Pero ¿qué pasa para que no puedas hacer nada?
-No me respondas a mí. Mírate y díselo a la otra parte de ti, que está esperando una respuesta. No esperes que nadie cambie las cosas, para recién pensar distinto.
– Pero, ya no puedo hacer nada.
– ¿Segura qué no puedes hacer nada?
– Sí, es que no tengo a nadie más a mi lado. Es lo único que me queda. Continuar sin apreciar nada.
– No, no. No hagas eso. Solo es quitar esas sus manos de tus ojos; y así aprecia todo lo que te queda.
– Es muy tarde. He llegado al final.

Esto fue una discusión de mis pensamientos antes de que la oscuridad, que creía mi luz, me acompañe por siempre.


Mentiras eternas

Autora: Maríah Elena Pérez Tapia

Pasé la noche afuera. La universidad está lejos y solo hasta ahora he podido regresar a casa. A pesar de la ausencia, mi llegada parece un poco rutinaria. Sin carcajadas, como las que me daba cuando compartía momentos en el internado con amigas. Pero tampoco es que me vaya mal. Veo a mi hermana. Está preocupada por algo. La miró fijamente y no duda en contármelo: sospecha que mi

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El profanador

Autor: Mauro Marino Jiménez

No tenía fuerzas para seguir cavando, pero sus ganas eran desbordantes. Cambió posturas. Vociferó en un lenguaje propio. No desperdició su ímpetu en ningún intruso.

Allí encontró lo que buscaba: un fresco trozo de hueso con el tuétano macerado y muchas joyas de oro, las cuales devolvería a la tierra antes que el jardinero lo expulse indignamente por cavar hoyos y malograr su trabajo.


Vaivén

Autora: Carmen Día Atilano

Un día antes había terminado con Ernesto, así que no tuvo mejor idea que ir a reflexionar sobre lo sucedido frente al mar. Apenas sus pies descalzos rozaron la arena se llenaron de un calor casi humano que la confortó. Se sentó en la inmensidad de los granos dorados, de modo que sus pies pudieran ser refrescados por el mar. No necesitaba ni siquiera de sombrilla pues el sol no quemaba, sino que, a manera de un dios benévolo, proyectaba sus rayos de manera que abrazara el cuerpo y no lo tostara. Asimismo, el calor se atenuaba por una brisa de comienzos de otoño y por una que otra nube característica de nuestro cielo gris. Pero lo más impresionante para la vista era el imponente mar: con su azul profundo, con sus olas calmadas y su inmensidad filosófica. Esta presencia y cercanía de los reinos de Poseidón hicieron reflexionar a María, quien al ver el incesante vaivén de las olas, llegó a la conclusión de que lo mismo ocurría con las personas: unas se van para que otras lleguen. Y así regresó a su casa, con la esperanza de que vendría a su vida alguien después de Ernesto.